Los mercados fomentan la paz. Tomé esta idea de Thomas Sowell.

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Thomas Sowell

Imaginen que tanto un judío como un musulmán quieren conseguir ladrillos y tú eres el dueño de los ladrillos. El judío los quiere para la construcción de un templo; el musulmán, para la construcción de una mezquita. Los ladrillos son escasos; es decir, existen en cantidades limitadas y son deseados por ambos, de modo que el ladrillo que vaya a la construcción del templo será un ladrillo menos para la construcción de la mezquita. Es claro que tanto el judío como el musulmán compiten por un recurso limitado.

Pueden existir varios mecanismos para distribuir los ladrillos. Todos involucrarán algún tipo de discriminación. Puedes darle los ladrillos al que llegue primero, al que te parezca más atractivo, al que se apegue más a tus creencias, al que gane en una lotería. Todos estos tipos de discriminación tienen un potencial defecto: utilizan un mecanismo personal. Tanto el judío como el musulmán serían capaces de ver cómo compiten por un mismo ladrillo. Y si son fanáticos religiosos, ver cómo su competencia afecta el número de ladrillos que pueden conseguir y que irán a la construcción de un templo rival puede caldear sus ánimos.

Pero hay un mecanismo adicional con el que puedes discriminar entre ambos competidores para decidir cuántos ladrillos se lleva cada quien: el sistema de precios. El sistema de precios es impersonal. Si el musulmán valora más un ladrillo adicional que el judío, su demanda tenderá a elevar el precio. El mayor precio logrará disuadir al judío de comprar un ladrillo adicional, que será empleado, sin que él tenga por qué saberlo, en la construcción de la mezquita que desea el musulmán. A lo mucho, el judío dormirá en la noche pensando en lo caros que se han vuelto los ladrillos.

En el mercado, decenas de miles de consumidores competimos por los escasos recursos que ponen a nuestra disposición los distintos oferentes de una economía. El sistema de precios que surge en el mercado se encarga de que los bienes vayan hacia las manos de quienes están dispuestos a pagar un mayor precio por la unidad adicional de un bien. Cada compra que rechazamos por parecernos el precio demasiado alto va hacia aquellas personas que la valoran más y con las cuales podríamos tener conflictos o diferencias personales. Pero el mercado sólo se encarga de reflejar las valoraciones de otros consumidores, que permanecen en el anonimato, en una cifra monetaria.

Asimismo, el mercado, que no es otra cosa que el proceso mediante el cual participamos en diferentes intercambios, nos conduce a cooperar con personas a las que podríamos odiar a fin de lograr mutuos beneficios.

No sabemos nada de las creencias, preferencias sexuales, gustos musicales, ideas políticas o vicios peculiares del panadero al que compramos el pan; sólo nos interesa que su pan es de mejor calidad y precio que el de otros panaderos. El panadero tampoco sabe nada de nuestra persona, podría desaprobar nuestro estilo de vida o nuestra ocupación profesional; pero coopera con nosotros al producir pan que queremos en nuestra mesa a cambio del dinero que valora más que el pan que nos vende.

Es el sistema de precios, nuevamente, que surge del mercado, el que nos guía al servicio de los demás de una forma pacífica. Otro aplauso para el mercado.

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