Es común escuchar en estos tiempos de campaña que tal asunto es un asunto técnico. Parecería, en términos pragmáticos, que etiquetar la verdad de una afirmación o tema como un asunto técnico saca de la discusión democrática la afirmación en cuestión o el tema en tratando del escrutinio de los políticos, grupos políticos o incluso ciudadanos.

Hay una serie de infortunios alrededor de este asunto que considero importante destruir. A continuación algunos de ellos. Lo divido en 4 partes:

¿A qué nos referimos cuándo se afirma que un tema es técnico?

Sin duda que este es un tema complejo. Con el desarrollo científico, artístico, y en general, cultural del hoy en día, prácticamente la ciencia y la técnica pueden abordar cualquier aspecto de la vida humana, cualquier tema. Todo puede ser técnico. Pero ¿a qué suele referirse un académico cuando menciona esa expresión tal afirmación es técnicamente cierta o tal cosa es imposible por razones técnicas?

Muchos piensan de inmediato en que por algún teorema de las matemáticas es que una afirmación es técnicamente verdadera o no. Pero aunque la intuición es correcta, no es correcta para todos los casos. Por ejemplo, en filosofía hay nociones técnicas que poco o nada tienen que ver con matemáticas. El concepto de epojé en fenomenología, tiene un sentido altamente técnico. Igualmente la noción de Dasein en la filosofía de Heidegger lo tiene. Pero nada de ellos es matemático.

Vamos a usar la noción Fregeana de lenguaje ideal: que a cada palabra corresponda un sentido, y a cada sentido un objeto en el mundo. El objetivo que conseguimos con ello, es eliminar el riesgo de confusión por tener un lenguaje polisémico. Así, libertad puede volverse técnico como le debemos a Isaiah Berlin un primer buen intento: libertad como ausencia de coacción de otros, y libertad como el acto psicológicamente pleno de desear y actuar con base en lo que uno más desea o quiere, con conocimiento de causa y responsabilidad. Lo mismo pasa con nociones comunes en el debate político: derecho, regulación, pobre, rico, igualdad, equidad, justicia y más. ¿Ello implicaría que porque podemos hablar técnicamente de la igualdad, entonces ya no debe intervenir el que no sabe o puede esos tecnicismos? Nada más alejado de la realidad.

Una consecuencia más débil es la siguiente: no podemos discutir y cuidar los intereses de la gente, la que sabe de los tecnicismos y la que no, incluyendo a la que no tiene ni tiempo ni interés para enterarse de ellos y dominarlos, sin ser cuidadosos con el lenguaje.

Finalmente, el otro aspecto que importa en cuanto al tema de los tecnicismos es la información concreta. Por ejemplo, la velocidad con la que dos cuerpos se atraen mutuamente flotando en el espacio—i.e. gravedad – lo consigna un número concreto, en un término que indica justo la idea que mencioné. No obstante ello, es información que no depende solamente de la precisión en el uso del lenguaje sino que depende de la realidad: es necesario conocerlo para poder pensar con respecto a él, y, diría el sentido común, poder actuar cuidando de no tropezar gaznapiros con nuestra ignorancia sobre él. Para limpiar los vidrios de una edificación de un piso de altura, me puedo dar el lujo de no usar arnés, red de seguridad y casco. Pero cuando subo a más de 3 pisos, esas precauciones son de vida o muerte, por entre otros motivos, el valor concreto que tiene la gravedad.

¿Existe algún tema que, no importando cuán técnico sea, pueda escapar al escrutinio de la gente y se deba conservar sólo para iniciados, élites o cuerpos académicos?

Para nada. Cuando un intelectual bien intencionado y demócrata usa la expresión de que tal asunto es técnico o no se puede hacer tal cosa por razones técnicas no está protegiendo dicho tema del escrutinio popular. Pareciera que hace algo así como si sepultara debajo de burocracia terminológica y teórica el caliz sagrado. Si el intelectual en cuestión fuere bien intencionado, lo que quiere decir en realidad, es que analizar tal o cual cosa requiere de un cuidado mayor del que se puede tener, por ejemplo, en Twitter o Facebook, o una tertulia familiar de jueves por la noche.

Cuando el intelectual o académico no obstante es mal intencionado, sin duda que podemos achacar toda otra gama de motivos ulteriores, impresentables, dentro de los cuales sin duda está la intención de acallar críticas o escapar al escrutinio público. Los intelectuales, como cualquier otro grupo humano, con intereses históricos concretos, también ven para su beneficio o para beneficio de lo que consideran valioso, y como seres humanos, pueden errar de las peores formas. Los humanos que yerran además de mala fe, sin duda que también yerran por motivos hasta monstruosos.

No es un secreto que en la toma de poder por las peores dictaduras del siglo XX, por ejemplo, hubo intelectuales que evitaron meterse en problemas con el mandamás advenedizo, y prefirieron guardar silencio a veces incluso cómplice.  Todos somos humanos, y como humanos debemos ser tratados: nadie tiene la verdad, a priori. Todos debemos dar razones y evidencia al respecto de lo que pensamos.

¿O sea que todos podemos entenderlo todo y decidir como el mejor conocedor?

Hay un sentido en el que esto es cierto, pero hay uno en el que no. El sentido en el que es cierto, es que parece no haber una sola noción o teoría que no sea comprendida de algún modo por cualquiera. Es un reto magnífico de los divulgadores de la ciencia el hacer intelectualmente palatable la idea que, de acuerdo a  la mecánica cuántica un gato puede estar vivo o muerto en un momento específico, al mismo tiempo, o que comer mucho más de lo que comemos es la mejor manera de bajar de peso. Esta es una comprensión que suele hacerse con analogías o metáforas. Este tipo de comprensión cambia el sentido de los términos. Por ejemplo, igualamos la fisiología y nutrición con una economía nacional, o igualamos un estado causal de partículas subatómicas engarzado con estados físicos de objetos de tamaño clásico a nociones ópticas como la oscuridad.

Debemos reconocer que no todos tenemos el tiempo mínimo necesario para entender toda la complejidad de este mundo a tiempo como para la próxima elección presidencial. ¡Ya veo por qué las afores deben ser invertidas en un proyecto con un retorno de la inversión casi segura como es el nuevo aeropuerto, pero no veo si se violan derechos humanos de acceso a un medio ambiente sano o no con la omisión del gobierno en aceptar tal inversión! (Estoy poniendo un ejemplo.)

Aquí, es casi tan importante como saber, saber lo que uno ignora. Si uno pierde esa línea de vista, la calidad de nuestras decisiones ciudadanas va a padecer un fuerte golpe.

¿Cómo saber cuando alguien me indica que tal asunto es técnico, está siendo bien-intencionado?

No es fácil, pero una buena indicación es si la persona es capaz de responder a la pregunta con una muestra. Yo puedo decirles, por ejemplo, que la razón por la que los alacranes no son insectos, es técnica. Requiere conocimientos previos fundamentales para entenderlo. Y ello tiene que ver con que los alacranes son arácnidos—i.e., son primos de las arañas – pero no lo son de las hormigas, escarabajos, cucarachas o campamochas, inter alia. Y podría ir un poco más lejos: los arácnidos tienen ocho patas, y los insectos no. Para una persona normal, cuyo interés es evitar meter el pie en el zapato y toparse con un ciempiés, alacrán o chinche, todos éstos son relevantemente lo mismo: la amenaza—a veces exagerada – a la integridad personal o al orgullo individual.

Pero, por ejemplo, yo que no soy biólogo, profundizar en las razones más específicas e interesantes por las cuales esta distinción se mantiene así, quizá me sería imposible. Al menos me sería imposible manteniendo a mi vez el valor científico de la información que manejare. Puedo pensar en posibilidades, de las que no se nada, como son insectos en los cuales las alas hubieran evolucionado de nuevo a fungir como patas, de modo que tuvieran ocho, pero que no fueran como arácnidos en ningún otro aspecto, o puedo pensar en alacranes que, por tal de adaptarse al agua de nuevo, modificaran dos patas para fungir como “aletas”, pero permanecieran relevantemente iguales a los arácnidos en todos los demás aspectos. El punto es que estas serían especulaciones o hipótesis y no podría decir cuál de ellas sería más o menos plausible, más o menos verdadera—si es que ya hubiera algún espécimen de estos en la tierra –.

De cualquier modo, esta es la regla: un actor que alega que tal afirmación o tal tema es técnico y aspira a que se le crea lo que afirma sin entrar en detalles, debe poder apuntar a modos, ideas, explicaciones técnicas, tales que nos dejen ver a qué se refiere y educarnos a los que somos legos si fuera necesario. La actitud debe ser tal que, el que protege como técnico algún asunto, debe a su vez desprotegerlo con un plan educativo, un libro introductorio, o la disposición a clarificar y educar de él o ella mismos. Así funciona esto.

Hay quizá un tema en el cual se debería tener más precaución. Los asuntos que son técnicos no son siempre puramente técnicos. Por ejemplo, para consideraciones jurídicas, supongamos de orden criminal, habrá un montón de asuntos que tengan que ver con por qué se libera a un político imputado de un delito que no tenemos derecho a enterarnos. Hay una mezcla de asuntos técnicos—como el derecho humano a la protección de la información personal, la presunción de inocencia, y el sigilo de las investigaciones más eventualidades como la ausencia de dolo o culpa, motivo por ejemplo, de una causa de fuerza mayor. Así, podemos pensar que cierto gobernador sea acusado de desviar fondos y luego sea sospechosamente liberado. De inmediato podríamos pensar que hubo un acto indebido de la autoridad y que hay corrupción.

Yo recuerdo los años en los que viví en Zacatecas durante la gestión de Amalia García Medina. En esos años comenzaron los secuestros de empresarios, su asesinato y la exigencia de rescates. Muchos empresarios aunque tienen dinero, no lo tienen disponible en los tiempos en los que los secuestradores los solicitan. Por razones técnicas, ahora sí, muchos secuestradores no pueden dar tiempo a la familia de conseguir esos recursos, y como no pueden liberar a todo secuestrado cuya familia no reune el dinero—porque luego sus secuestros y amenazas dejan de volverse creíbles – por un motivo de racionalidad tienen que actuar con desalmada intención (No es un juego: aunque no creo en los pecados—o crímenes de pensamiento- creo que hay algo muy cercano a ello y tiene que ver con considerar la posibilidad de realizar secuestros exitosos porque uno se vuelve malvado e inhumano desde que considera realizar esa clase de delitos).

Así, Amalia parecía ser que pagaba con dinero del gobierno algunos de los secuestros de más alto perfil. ¿Cómo lo hacía? Si el dinero viene etiquetado, ¿cómo podría desviar el dinero de hospitales, escuelas o publicidad a pagar el rescate de un empresario? Seguramente incurría en algún tipo de desvío de fondos. ¿Pero podemos pensar que es un error in totto del que la gobernadora de entonces hubiera sido responsable? Necesitamos grandes brincos de gimnasia mental o un tipo de información extremadamente interesante para culpar a una persona, gobernadora o no, de la ubicuidad del crimen organizado que hay en nuestro país. Así, si un día viera yo a Amalia salir de la cárcel del delito—bien imputado – de cohecho o desvío de fondos, yo me detendría a pensar que algo de esta naturaleza pudo haber sucedido, si es que quiero preservar la buena fe de todos los inmiscuídos. Situaciones semejantes deben ser enfrentadas todos los días por los diferentes líderes y jefes de Estado del orbe. El asunto es, ¿por qué es razonable siquierea querer azul celeste? Porque, sin duda, les va a costar. ¡Y qué bueno!

Finalmente, ¿si algo es técnicamente verdad, entonces es verdad?

Lrespuesa en corto, es no. No son pocos comunes los errores que cometemos académicos, científicos o especialistas. Es más, son históricamente tan comunes que hasta existe un argumento inductivo en contra de las supuestas verdades técnicas de los científicos: si en el pasado ha habido cambios de teorías y metodologías cada cierto tiempo porque se descubren sus defectos, no hay ninguna razón para pensar que estas teorías actuales, las de moda, no vayan a cambiar también. A este argumento—o uno parecido a él, pero mejor presentado – se le conoce como la inducción pesimista de la ciencia.

Pero cuando uno opta por este camino, uno se vuelve igualmente responsable de sus posturas. Un pesimista al respecto de la ciencia—o de las verdades técnicas – debería por ejemplo, dar cuenta mejor que las teorías que se proponen. Para asuntos de democracia, nunca basta con auto-adjudicarse una etiqueta para que ésta sea tomada como verdadera, a menos claro que uno sea dictador. Pero por definición, esa es una movida anti-democrática por lo menos casi siempre. Así, cuando alguien afirma que una verdad técnica en realidad no lo es, por el mero hecho de ser técnica, tiene una carga de la prueba especialmente pesada. ¿Cómo te opones a la precisión? ¿Por qué piensas que está mal la claridad? ¿Por qué es mejor que el significado de las palabras sea vago o caótico a ser preciso y concreto? Existe gente de este tipo, no digo que no la haya, pero tienen un sendero difícil por el cual transitar en una democracia.

Estos son algunos puntos para tomar en cuenta, y vivir plenamente el estatus de ciudadano normal, es decir el ciudadano que desconoce más de lo que conoce, en tiempos de la democracia, las redes sociales, las universidades y en general, el avance de la ciencia y la cultura modernas.

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