Karl Loewenstein fue un filósofo alemán, considerado por muchos como uno de los padres del constitucionalismo moderno. Su magistral obra Teoría de la Constitución, se centra en el estudio del poder político, pero no busca un análisis sociológico de grupos, sino realiza un análisis institucional de los controles sobre el accionar del Estado. Para Loewenstein, el poder junto con la fe y el amor son las más grandes motivaciones humanas. 

Por eso, el poder es el objeto de estudio de las ciencias políticas. El poder hace exclusivamente a una situación que, de hecho que en sí éticamente no es ni buena ni mala, considerarla como un todo, la sociedad es un sistema de relaciones de poder. Para que una sociedad no caiga en la tiranía, deben existir diferentes mecanismos de control del poder.

La pregunta clave es, ¿cómo será controlado legalmente el ejercicio del poder? La respuesta a esa pregunta es una constitución que ponga límites claros entre la sociedad civil y el Estado. La constitución de los Estados Unidos de Norteamérica es el caso emblemático de una constitución pensada en limitar las acciones estatales. Ocho son sus líneas centrales: en primer lugar, los derechos de las personas como inalienables, superiores y anteriores a la existencia del gobierno. En segundo término, la concepción sobre las fuerzas armadas como un servidor de la población civil. Tercero, la libertad de prensa. Cuarto, la presunción de inocencia y el debido proceso. Quinto, la neutralidad del Estado en temas religiosos y la consecuente libertad de cultos. Sexto, la autodefensa y la tenencia de armas. Séptimo, el resguardo de la privacidad, y octavo, el federalismo.

Con excepción de Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi y Francisco de Miranda, en Latinoamérica no existe antecedentes de pensadores políticos que consideren a la libertad como el valor supremo. De hecho, Simón Bolívar afirmó que la monarquía era la mejor forma de gobierno y que la división de poderes era un símbolo de debilidad.

El filósofo argentino Armando Ribas, afirma que todos los políticos de esta parte del planeta sufren del síndrome de Bolívar. El culto a la personalidad es característico de nuestra América. Esa es la razón, que hizo que Fidel Castro gobierne hasta su muerte y que Evo Morales lleve 13 años en el poder. Como nuestros políticos sufren el complejo de mesías y nuestros pueblos tienen mentalidad de esclavos (palabras de Carlos Rangel), lo más común es que nuestros gobernantes se fabriquen constituciones a medida.

En enero del año 2009, Bolivia aprobó su nueva constitución (la decimoséptima desde 1825), claramente, su único propósito es acrecentar el poder del Estado y limitar las acciones individuales. El Estado central asume la soberanía en temas como: la educación, la riqueza y el comercio. Bajo la trampa semántica del derecho a la educación, el Estado se adueña de la familia y anula la libertad de pensamiento, y bajo el subterfugio del interés nacional se pierde la libertad económica.

Entonces, sin libertad de pensamiento ni económica el ciudadano queda sometido a la voluntad del gobernante de turno. En conclusión, y siguiendo la clasificación de Karl Loewenstein, en Latinoamérica tenemos constituciones aparentes porque, en vez de, limitar el poder gubernamental, lo agrandan hasta llegar a la tiranía (y conste que la tiranía puede ser democrática).

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