No hace más de dos semanas publiqué en mi Facebook una pregunta abierta que abordaba uno de los temas medulares de la democracia en nuestros días: ¿Cómo podemos garantizar que aquellos que aparezcan en una boleta electoral de verdad representen las mejores y más altas cualidades de los seres humanos? Para empezar, hay que definir con precisión ¿cuáles son esas cualidades?

¿Cómo podríamos segregarlas de un mero aspecto moralista o burdamente ilusorio? Sin embargo, más allá de esa falla en la interrogante, se abrió el espacio para una reflexión más profunda y quizá, más pertinente. Sí, se trata de evocar lo más humanamente elevado y entonces, articularlo conceptualmente de manera correcta en el andamiaje de nuestro sistema de gobierno.

Actualmente, nuestra división de poderes, en su parte medular, pretende evocar una síntesis virtuosa de tres formas de gobierno distintas pero importantísimas a lo largo de la historia de nuestra especie, cada una con sus desafíos y problemas inherentes: la monarquía, la aristocracia y la democracia. De los componentes centrales de cada una de éstas se constituye la esencia filosófica y organizacional que orienta el funcionamiento y fines de cada uno de los tres poderes de la unión: el Ejecutivo, dominado por la esencia unipersonal del monarca, tiene a su cargo un poder acotado a los aspectos administrativos, equilibrado a su vez, por una fuerza trascendente que se detona desde la base de la soberanía popular y que se articula en el Legislativo, quien de los tres, tiene el mayor potencial para conseguir transformaciones radicales en el sistema. Esta sana distribución y contrapesos entre monarquía y democracia, es contrastada por la preponderancia de un componente aristocrático que funda la esencia del Poder Judicial, quien tiene a su cargo la supervisión del orden legal que domina al ejercicio del poder público, haciéndolo bajar a la cotidianeidad, estableciendo los cómos en la aplicación de las normas que fluyen desde el corazón democrático del sistema. Claro, todo esto, en términos estricta y lamentablemente teóricos.

Digamos que, desde esa altura idílica de la teoría, la división de poderes es, en los hechos, marginalmente funcional y que, si bien, no ha garantizado un ejercicio del poder público auténticamente sano, ha sido suficiente para evitarnos las funestas consecuencias de las revueltas armadas.  Lo que aquí pretendo analizar es, más bien, la configuración de los componentes teóricos que fundan la naturaleza de cada uno de los tres poderes y llamar especialmente la atención a uno en particular, esto para contrastarlo con los restantes y afirmar que dicho componente, es fundamental para repensar la democracia representativa que domina aún el escenario político en el mundo.

Me refiero a los aspectos aristocráticos que se encuentran contenidos en la síntesis tripartita que comentamos y que tienen su representación más contundente en el Poder Judicial, el cual, en términos constitucionales exige a sus integrantes requisitos profesionales y académicos superiores a los que se encuentran sujetos Diputados, Senadores o el propio Presidente de la República. Claro, no es que con ello baste para resolver la crisis de representatividad de nuestros días, no obstante abre la puerta para un análisis centrado justamente en los elementos aristocráticos que habrían de integrarse en formas más concretas y extensas en los poderes Ejecutivo y Legislativo, cuidando por supuesto, que los pesos y contrapesos entre los elementos constitutivos de cada uno de los jugadores, continúen garantizando una apropiada distribución y ejercicio del poder público, sí, aún en los términos marginales que referimos.

La vía es entonces, establecer una serie de procesos en el corazón de nuestro sistema político que empujen una mejora en las calidades profesionales, culturales y en general, humanas, de las personas que pretenden ocupar cargos de representación popular ya sea en el Poder Legislativo o en el Ejecutivo, no me refiero a una reforma simplona que exija a diputados contar con licenciatura, sino indagar más a fondo y llegar, incluso, a los procesos de selección de candidatos que se siguen a lo interno de los partidos políticos, para aspirar a una realidad en la que como se apuntaba desde el principio, los nombres de aquellos listados en la boleta electoral representen de verdad, lo mejor que cada partido tendría para ofrecer a la ciudadanía.

Hoy por hoy, es ambicioso hablar de aristocracia en los procesos internos de partidos para la selección de sus candidatos, si de entrada, estos se dan de espaldas a la democracia y terminan por articularse de acuerdo a las voluntades de grupos cupulares corruptos, sin embargo, es posible delimitar las bases de una transformación que se antoja urgentísima y que tendría como consecuencia, la reconfiguración de la calidad de los integrantes de dos de los tres poderes de la unión y que además, nos permitirían en términos más concretos, garantizar en mayor medida, el ejercicio más eficaz del poder público, partiendo de la idea de que estaría ejercido por mejores hombres y mujeres.

Así, no creo que la lógica de los cargos de representación deba seguir la idea de remuneraciones más reducidas o menor cantidad de representantes, pues si bien, en términos presupuestales podría sonar asequible, preferiría una formula en la que los dineros públicos no se pretendan como la vía de resolución de nuestra crisis democrática, sino una que se funda en la idea de que sólo los mejores deben gobernarnos, sin que con ello, se soslayen los procesos de selección democrática. Si ya estamos acostumbrados a las mafias internas de los partidos, muchísimo bien haría transitar hacia un proceso de selección de candidatos de partidos políticos fundado en la identificación y comprobación de lo mejor que sus miembros tienen para ofertar a la ciudadanía.

Así, en vez de pensar idílicamente en una vida de participación política acética (que no estaría en contraposición), afirmaría que la experiencia vital que precedería a quienes pretendan gobernarnos sería la de una exigencia superlativa, que no sólo se centraría en comprobar el talento y altura ética de los contendientes, sino que lograse perfeccionar las virtudes con que pudieran contar previamente. De esta forma, la vida política podría entenderse como un profundo y exigente proceso de perfeccionamiento humano al que todos sus integrantes estarían inexorablemente sujetos, estableciéndose por consecuencia, que sólo pocos estarían dispuestos a iniciar dicho trayecto, no por la advertencia de encontrarse condenados a salarios bajos que luego terminarían por deformar en la corrupción de todos los días, sino por la carga tan elevada del proceso.

Hablamos entonces, de repensar las lecciones socráticas en los orígenes de la democracia para darnos cuenta que el dinero no podrá en forma alguna sustituir la calidad de los gobernantes y que, en la mayoría de los casos, las decisiones presupuestales, si bien lograrán impactos sustanciales, no terminarán por resolver de fondo la crisis democrática por la que atraviesa actualmente nuestra sociedad. Así, la pregunta con la que se abre esta reflexión resulta ahora quizá más pertinente: ¿Cómo podemos garantizar que aquellos que aparezcan en una boleta electoral de verdad representen las mejores y más altas cualidades de los seres humanos?

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