El urbanismo y el estilo urbano son temas siempre complicados, por muchas razones. Una de ellas es relativa a los derechos, ya que el derecho básico a la propiedad y la planificación urbana chocan muchas veces y es muy sutil la línea divisoria entre el derecho colectivo y el privado en este tema.  

Sin embargo, a final de cuentas, desde que existen las ciudades ha habido cierta reglamentación en estas, si bien el estilo usualmente no estaba reglamentado y era más bien determinado por la tecnología disponible en cada época, siendo las casas comunes muy parecidas siempre por no haber muchos recursos disponibles, y las edificaciones importantes, pagadas siempre por nobles o clérigos de alto rango, estaban siempre autolimitadas por cierto buen gusto, además de las posibilidades y limitaciones tecnológicas ya mencionadas, y que, siendo tan estáticas en siglos pasados, hacían que la variación de estilo entre un edificio y otro fuera más bien pequeña y aceptable. En otras palabras, la gente de a pie no construía nada dentro de la ciudad propiamente dicha, y fuera de la ciudad hacían sus casas, todas iguales, con métodos de construcción vernáculos y materiales locales, y, por ende, sin causar ninguna disrupción estética o ecológica en el entorno.

Sin embargo, en el siglo XX surgen nuevos materiales, nuevas técnicas, nuevos poderes, nuevas ideologías y, sobre todo, nuevas clases sociales que empiezan a tener el poder para construir, pero con otras necesidades, aspiraciones, rasgos culturales (o falta de) y gustos que la clase aristocrática de antaño.

Al surgir la arquitectura moderna y funcionalista, tan distinta de todo lo que se había hecho en el pasado, surge desde luego la pregunta de si se debe regular estéticamente el desarrollo urbano, y cómo hacerlo de la mejor manera, sin estorbar el desarrollo tecnológico y sin afectar los derechos de nadie. Cada país y cada ciudad lo fue resolviendo sobre la marcha de distintas maneras, pero la realidad es que en los países desarrollados no ocurrió ninguna catástrofe, mientras que países enteros del antes llamado tercer mundo quedaron por completo devastados por el crecimiento urbano descontrolado, e incluso en el medio rural el paisaje fue fatalmente afectado también por las nuevas construcciones, del mismo estilo que las urbanas, y sin arte ni gusto algunos. Países enteros reducidos a grises favelas, una catástrofe ecológica y estética, sin lugar a dudas.

No es tarea sencilla, y más de uno lo ha intentado, encontrar, y sobre todo demostrar, las causas exactas que confluyen en este desarrollo descontrolado de las favelas o, mejor dicho, de ese estilo característico (que es la falta absoluta de estilo) de la favela tercermundista contemporánea. Porque favelas o ghettos existen desde que hay ciudades y pobladores pobres, y es evidente que cualquier proceso de urbanización generará nuevas favelas, pero la gran pregunta es ¿por qué la fealdad de estas llegó a ser tan absoluta en los últimos 40 ó 45 años?, a diferencia de las favelas de siglos pasados.

La primera razón tiene que ver con el uso de nuevas tecnologías y materiales, de suyo feos y que requieren ser enmascarados, a diferencia de los materiales naturales y locales de antaño, usados con técnicas vernáculas, como el adobe, la madera, el barro, la palma, la piedra, entre otros. Es decir, la destrucción estética del paisaje urbano y suburbano se corresponde con un avance económico y tecnológico importante.

De ninguna manera el crecimiento descontrolado y profundamente antiestético y antiecológico de la favela actual en el subdesarrollo responde a un aumento de la pobreza, como falazmente podría parecer (y es frecuentemente utilizado en la propaganda), sino todo lo contrario. Las personas que empiezan a habitar esas favelas están en realidad progresando, al menos en un sentido muy elemental o superficial del término. Es gente que antes quizá moría por hambrunas en una casucha rural de adobe y piso de barro, agradable a la vista pero miserable, y que ahora tiene techo de losa y piso de cemento, servicios básicos, televisión usualmente incluida, y una vida, al menos en teoría, menos salvaje y más urbana. La teoría puede no corresponderse con la práctica, sin duda, y de hecho es perfectamente posible que su calidad de vida sea incluso más miserable, en diversos sentidos y haciendo un balance, que la de sus ancestros rurales. Pero el punto aquí a demostrar es que, indudablemente, hay un avance económico y tecnológico en torno a esta desgracia urbana. Esta gente es menos pobre que sus ancestros, y si acaso su vida es más miserable, no es por factores económicos sino, podríamos decir, espirituales.

Ahora bien, podría pensarse que esto supone un dilema irresoluble entre el progreso técnico-económico y la devastación estética, ambiental y moral que presenta la favela moderna tercermundista. Pero de ninguna manera es así, y ese progreso técnico bien podría producir soluciones al problema que él mismo, por otro lado, crea, como sucede en muchos aspectos de la vida humana moderna.

Por ejemplo, gracias a la tecnología existen pinturas para exterior baratas que pueden aplicarse para resolver una parte del problema. Según mis propios cálculos, repellar y pintar una casa, sólo por fuera (el mínimo exigible para que esa construcción no sea basura permanente en el paisaje) debe costar aproximadamente un 2-3% del valor total de la construcción, y si el propietario es albañil, el costo en dinero es la mitad, pues lo puede hacer él mismo. Esto significa, para decirlo llanamente, que prácticamente nadie que tenga dinero para construirse una casa, puede alegar que no tiene dinero para repellarla y pintarla.

Lo anterior termina de confirmar que no es sino un burdo mito el de que este tipo de favela responde a un empobrecimiento de la población. Es todo lo contrario, y es un fenómeno que aparece al ocurrir una urbanización y crecimiento económico de enormes sectores. Y lo mismo para otros mínimos detalles estéticos necesarios, como poner árboles en la calle, tapar los tinacos, entre otros. Ninguno de ellos es tan caro, que el propietario de la vivienda realmente no pueda pagarlo, si pudo pagarse esa construcción. Pero el gobierno, quizá por creer en esa falsa teoría de que es gente paupérrima, quizá por ignorancia supina e ineptitud de sus mismos funcionarios, quizá por corrupción o, quizá, lo más probable, por una combinación de las tres anteriores, nunca hizo valer ley alguna de urbanismo, y ni siquiera lo intentó, en la inmensa mayoría de las poblaciones no protegidas por organismos nacionales, como el INAH, o incluso internacionales, como la UNESCO.

El resultado de esta imperdonable negligencia es que hoy tenemos un país convertido en favela, en donde difícilmente existe una cuadra urbana en la que se respeten los reglamentos de construcción, causando un daño estético y ambiental quizá irreversible. Y en ese proceso de degradación radical, podemos ver con una claridad indubitable todos los males del país, de golpe. Esta población está compuesta por al menos un 80% de gente (conservadoramente) que no tiene el más mínimo empacho en vivir en una construcción degradante, gris, horrible, inacabada, y que no tiene el más mínimo respeto por el paisaje, la tierra, el barrio de donde se es y la miseria que es para los demás tener que soportar esa desoladora imagen de la vida; así como un gobierno que ni siquiera hace un mínimo esfuerzo por tratar de contener esta devastación. Y todo, por ahorrarse el propietario un 2-3% del valor de la casa para darle el terminado correcto, al menos por fuera.

Con una población así, y el gobierno que emana de ella, las esperanzas de algún progreso verdadero en México son prácticamente nulas. Si a la misma población no le interesa en absoluto tener una vivienda agradable, mucho menos le interesará tener un país mejor.

 

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