López Obrador ha declarado, según el lugar donde se encuentre, que implementará diversos modelos económicos de ganar la presidencia. Un día abraza el llamado modelo de desarrollo estabilizador de los años 60; otro, el modelo de desarrollo compartido del sexenio de Luis Echeverría. El primero fue un modelo económico impulsado en México por Antonio Ortiz Mena, quien fuera secretario de Hacienda de los presidentes priístas Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz. El segundo, un modelo donde, en palabras de su principal promotor, Luis Echeverría, se gobernaría para distribuir equitativamente el fruto de renovados esfuerzos

Hagan de cuenta que López Obrador abrió un baúl de trajes viejos, polvorientos, apolillados, para volver a lucirlos en esta campaña. Vestimentas roídas, maltrechas y hediondas.  

El primer conjunto nos muestra las debilidades del desarrollo estabilizador, que se implementó en el período de 1952 a 1970:

  1. Se amplió el aparato proteccionista del Estado, al tiempo que el gobierno alentó y protegió sindicatos políticamente afines. Éstos elevaron los costos de producción e hicieron vulnerables a las empresas que, en diversas ocasiones, terminaron en manos del gobierno al dejar de ser rentables justo por este tipo de factores.
  2. Gracias a la política de precios de garantía (ese precio mínimo de adquisición para productos agropecuarios que el gobierno garantiza a los productores) se desniveló la producción hacia cultivos poco remunerativos pero necesarios para la alimentación (como el maíz y trigo), mediante subsidios.
  3. La creciente distancia entre ahorro interno e inversión generó un elevado endeudamiento y un creciente déficit gubernamental.

El segundo traje de López Obrador es el modelo de desarrollo compartido (un plan de corte populista y redistributivo) nos reveló diversos aspectos que contribuyeron a su fracaso:

  1. El aumento del gasto público para revitalizar la economía incrementó la deuda externa hasta límites inconcebibles. El secretario de Hacienda de Echeverría, Hugo B. Margáin, se había negado a incrementar el gasto público y así se lo hizo saber al presidente: La deuda externa y la deuda interna, tienen un límite y ya llegamos al límite. La respuesta de Echeverría fue la destitución de inmediato de Margáin; para luego emitir una declaración aberrante: La política económica se hace en Los Pinos.
  2. El modelo estableció una mayor participación del Estado en la economía. En algunos casos, se establecieron una serie de expropiaciones importantes, como la de Tabacalera Mexicana.
  3. Los precios de garantía y los subsidios permanecieron igual.
  4. El modelo reguló la inversión extranjera, lo cual hizo que ésta disminuyera notablemente.
  5. En este modelo algunos proyectos de inversión no fueron lo suficientemente favorables a la productividad. Esto llevó a un déficit de las finanzas públicas o la diferencia entre ingresos y egresos que no dejaron de aumentar. Sin embargo, el déficit fue cubierto, en cierta medida, por la emisión de billetes del Banco de México.
  6. Lo anterior desató una fuga de capitales, que desincentivó el desarrollo industrial y el deterioro de consumo privado.

La certidumbre económica que López Obrador envía en cada una de sus declaraciones tiene la solidez del hielo seco. Un día se despierta con un pie en el desarrollo estabilizador; otro, en el modelo de desarrollo compartido; y otro, en la defensa fervorosa de un logro salinista: el Tratado de Libre Comercio. Si quieren imponer aranceles acudirán a instancias internacionales de comercio. Se tiene que buscar la libertad comercial y no aplicar una política proteccionista e imponer aranceles, ha dicho el candidato de Morena, como si realmente fuera un liberal. Pareciera que el modelo económico del lopezobradorismo es un licuado de todos los modelos económicos y de ninguno a la vez.

No obstante, considero que el modelo que prevalece en los asesores económicos de López Obrador es el mismo que tenían los economistas de la administración de Echeverría, quienes afirmaban: el sistema está agotado y hay que generar uno nuevo. ¿Qué sistema? Uno que consista más en distribuir la riqueza que en generarla, como en los años 70.

Ahora bien, ¿quién se encargará de redistribuir el ingreso? El Estado. De hecho el corazón del proyecto económico de López Obrador es justo ese: El Estado promoverá el desarrollo económico y el desarrollo del mercado interno. 

¿Y qué es el Estado? Un aparato burocrático con personas de carne y hueso, llamados políticos. Y son ellos quienes distribuirán el ingreso de todos los contribuyentes.

¿En qué se va a distribuir? En obra pública que se cae; en metrobuses ineficientes y atiborrados de pasajeros; en hospitales que medianamente funcionan; en universidades públicas donde van a hacer política, para supuestamente sacar a los jóvenes de la pobreza y de paso afiliarlos a sus partidos.

Sobra decir que la mayoría de estos políticos de izquierda que abogan por un modelo estatista, intervencionista, redistributivo, llevan a sus hijos a universidades privadas, utilizan servicios médicos privados y el transporte público sólo lo conocen cuando se trata de salir en la foto.

¿Y si en vez de distribuir el ingreso, creamos riqueza? No, primero los pobres.

Por último, si a todo esto le sumamos la megalomanía de un individuo que se jacta de ser el motor de la cuarta transformación, sin tener claro el modelo económico que desea, y que se aprovecha de las debilidades institucionales del Estado, tenemos un gran peligro enfrente.

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