Allá por 2006, recuerdo que un amigo mío, que simpatizaba con el candidato tabasqueño, me insistía que votara por López Obrador porque estaba rodeado de intelectuales. Aunque era, en ese entonces, el candidato de los pobres, un sector de ese llamado México pensante lo apoyaba. 

Era tal vez más el idealismo característico del intelectualismo de izquierdas que el acto de racionalizar el que los motivaba a estar con él, pero ahí estaban. Mi amigo nunca me convenció ya que el carácter rijoso y contestatario de López Obrador provocó que votara por el candidato del PAN, pero no negaba que, a pesar de todo, López Obrador tenía un aire idealista que tenía su atractivo (y tal vez porque esa fue mi época más izquierdista). Ese idealismo tenía forma gracias al apoyo de los intelectuales.

En 2012 decidí darle mi voto, no porque simpatizara con él ni porque creyera con él. De hecho, varias de sus propuestas (muy similares si no es que idénticas a las de ahora) me generaban incertidumbre. Pero me daba un poco más de confianza votar por alguien que, a pesar de sus carencias, tenía ideales, había armado un buen gabinete (el cual, pensaba, podría atenuar o eliminar las deficiencias del candidato en algunas áreas) y todavía se arropaba con la ayuda de algunos pensadores: no sólo eran los tradicionales izquierdistas, sino otros más liberales como Enrique Krauze quien había afirmado que podría darle el beneficio de la duda a López Obrador . Mi voto era uno en contra de la antiintelectualidad que representaba Enrique Peña Nieto, a quien muchos señalaban (y tal vez con razón) como una persona con un bagaje intelectual bastante pobre y una ausencia total de ideales suplida por el pragmatismo característico del PRI del Estado de México.

Pero el López Obrador de 2018 ya ha perdido por completo ese atractivo: ya no es Sergio Pitol ni Carlos Monsivais quienes lo apoyan públicamente, ahora son Cuauhtémoc Blanco y Belinda (quien, como muchos, apoya al candidato porque su novio es uno de esos priístas perdonados que se pasaron a las filas de Morena). Los académicos que lo apoyan, de quienes no puedo negar sus credenciales y su capacidad, han tomado una postura muy acrítica y se han convertido más bien en porristas. ¿Cómo puedo esperar que ellos puedan llenar esos huecos que la ignorancia de López Obrador deja si parece que su tarea es defender o reinterpretar las ocurrencias del candidato en las redes sociales?

Muchos de ellos están agrupados en una organización llamada Democracia Deliberada, la cual es una suerte de organización o think tank de tintes socialdemócratas que agrupa a académicos y activistas, y quienes dicen no ser nacionalistas revolucionarios ni nostálgicos por el pasado, pero toman una postura pasiva ante un candidato que es un nacionalista revolucionario y nostálgico por el pasado.

En 2006 y 2012, los seguidores de López Obrador criticaban el contenido chatarra de medios como Televisa y TV Azteca. Insistían en que apagaras la tele y leyeras un libro. Ahora es muy evidente que estas televisoras tienen un trato preferencial con el tabasqueño. Incluso en programas cómicos como el Privilegio de Mandar (una reedición del programa del 2006 que fue muy criticado por sus seguidores) la parodia que hacen de López Obrador suele ser un tanto inocente mientras que caricaturizan a Ricardo Anaya como un personaje oscuro y corrupto. Ni digamos del manejo de los programas noticiosos.

A diferencia del 2012, donde tenía enfrente a un candidato como Peña Nieto, López Obrador se caracteriza por ser un candidato profundamente ignorante, quien no prepara bien sus debates (sobre todo en lo que tiene que ver con la argumentación de propuestas) y utiliza recursos de lo más frívolos como poner, como hace Donald Trump, motes a sus adversarios: Ricky Rickin Canayín, así se refirió al candidato del Frente por México con una agilidad mental en slow motion.

López Obrador se ha convertido en la máxima expresión del antiintelectualismo, quien hace chistes para que sus seguidores los conviertan en memes como una estrategia posdebate. En estas elecciones ha apelado una y otra vez a la frivolidad, al espectáculo mediático, para ganar puntos: ante la ausencia de propuestas sustentadas, utiliza recursos como la cartera, el amlodipino, los motes. Peor aún, recurre a lo más nocivo de la religiosidad mexicana, esa que concibe a un ser superior al cual hay que pedir y rogarle para que las cosas se den. No es casualidad que su partido político se llame MORENA (en alusión a la morenita de Guadalupe), su aire mesiánico no es una acusación de sus opositores sino algo que él ha intentado transmitir de forma deliberada. Es un candidato que a la vez es párroco de iglesia de pueblo, a ese al que todos consultan, al que nunca contradicen.

Lejos está también el candidato idealista al rodearse de personajes impresentables que le den la estructura y los votos para alzarse como presidente a finales del año (cosa que casi con seguridad ocurrirá), que incorpora a personajes como Napoleón Gómez Urrutia, Manuel Espino y a priístas reciclados, que demuestra que todo se vale con tal de llegar al poder, un López Obrador que contrasta con el otro, con el que era idealista hasta la necedad. Ahora no sólo es idealista, sólo es necio.

Así, López Obrador es una oda al antiintelectualismo, a la frivolidad, al espectáculo barato, al show business que oscila entre el Pare de Sufrir y Cosas de la Vida.

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