La propuesta de cultura vertida por la representante de Morena, Alejandra Frausto, converge en dos temas: el Estado como protagonista en la gestación de políticas culturales y el aumento del presupuesto a cultura.

En cuanto al primer tema, la representante de Morena, Alejandra Frausto, ha explicado en diversos medios y foros (como el Diálogo por la Cultura en el Centro Cultural Roberto Cantoral, Encuentro por la Cultura en la UNAM, así como en La Jornada, y ADN Opinión) algunos planteamientos principales:

A) Se debe descentralizar la cultura.No podemos permitir que el presupuesto pase por una serie de cadenas burocráticas […] La descentralización implicaría también llevarse la Secretaría de Cultura a Tlaxcala, ya que todos los grandes eventos están en la ciudad de México.

B) Retomar las misiones culturales de Vasconcelos. Que la gente haga arte. Llevar la cultura a dónde no hay. Dar capacidad a las personas de comunidades para hacerse de oficios. ¿Quiénes irían a las misiones? Los mejores creadores de este país. Las misiones culturales, según el proyecto, tendrán aparejado un programa de alfabetización, de fomento a la lectura, de programación de artistas locales, regionales, estatales y nacionales.

C) Redistribuir la cultura. Redistribuir, según Frausto, no es los mismo que descentralizar. Diseñar circuitos internacionales de redistribución permanentes. Concentrar las bases de datos de creadores, becarios y empresas creativas. Colocar a las comunidades como sujetas directas de las políticas públicas. Así lo afirma en un artículo titulado Renacimiento cultural en el México convulso. Y agrega que se deben diversificar los canales y los temas que se están generando. La llegada del arte al público es uno de los problemas. A veces hay un gran dispendio para un público muy cerrado. El arte tiene que llegar a todas partes.

D) Convertir Los Pinos en el Centro cultural más grande del mundo

E) Mejorar la infraestructura cultural.

En primer lugar, la descentralización no se logra cambiando de sede una Secretaría, ni mucho menos implementando dos programas que pretenden ser rectores de la política cultural: las Misiones Culturales y una especie de Artes por todas partes, vetusto programa de apoyo a la promoción artística, que ya fue implementado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, en 2002.

En dado caso de que se llegarán a implementar dichos programas, ¿las autoridades estatales y locales podrán tomar decisiones autónomas frente a esta política de Estado? No lo creo, operativamente los programas estarían a cargo de una autoridad central. De hecho las misiones culturales de Vasconcelos fueron un claro ejemplo de concentración política y legitimación de los regímenes revolucionarios. Y sirvió, entre otras cosas, para obligar a la adopción del español como la única posibilidad idiomática nacional por encima de otras lenguas. Las misiones culturales vasconcelistas impusieron un patrón cultural, un nacionalismo revolucionario, que muchas veces encontró oposición a sus enseñanzas o iniciativas y entró en conflicto con las autoridades locales, la Iglesia y hasta los mismos vecinos.

En segundo lugar, el programa de Misiones Culturales no es nuevo, en Muzquiz Coahuila, hace ocho años, existía un programa similar en la Secretaría de Educación Pública, en donde se daban cursos de capacitación para diferentes oficios, como bisutería, elaboración y decoración de pasteles, además de piñatería. En Jalisco, por ejemplo, aún existen las Misiones Culturales, a cargo de la Dirección de Capacitación para la Vida y el Trabajo, pero son centros educativos itinerantes, conformados por equipos multidisciplinarios de trabajo, dedicados a la enseñanza de capacitación para artes y oficios. Es decir, son viejas recetas, que se vienen reformulando y que requieren de capacitación, de infraestructura y de amplio presupuesto.

En tercer lugar, la idea de redistribuir la cultura, implica necesariamente distribuir lo mismo pero de otra forma. El problema es que el proyecto morenista no delinea el cómo harán esa redistribución, bajo qué criterios y en cuáles circuitos. La respuesta más cercana que Frausto ha dado al respecto se asemeja al programa Artes por todas partes, que he mencionado líneas arriba. Un programa que pretendía diversificar los canales y los temas para acercar el arte al mayor público posible. Sin embargo, el programa tuvo fallas de origen, pues no había coordinación entre el artista del proyecto, el burócrata cultural y los espacios culturales donde se presentaban; inclusive, en diversas ocasiones, había limitantes en la infraestructura, displicencia por parte del burócrata, o ambas, para llevar a buen puerto dichos proyectos. Y esos problemas no los solucionaba la Secretaría de Cultura  ni la institución o recinto cultural donde el artista se presentaba, sino muchas veces el mismo artista. Además la convocatoria era insuficiente ante la demanda de los que deseaban participar (los recursos siempre son limitados); y la exigencia del bien cultural por parte del público era escasa; es decir, había mucha oferta y poca demanda.

En ese sentido, esa idea de redistribución cultural es fallida cuando está a cargo del poder central. Lo que termina por ocurrir es que el proyecto cultural no se desarrolla, se sujeta a trabas burocráticas, a permisos operativos y a requerimientos técnicos que no pueden satisfacerse. Y el Estado termina por afirmar que hace cultura y la lleva a diversas partes del mundo, del país o del municipio. Lo cual termina siendo falso, cada comunidad construye su propia cultura y la difunde y promueve a pesar del Estado.

En cuarto lugar, existe una contradicción entre descentralizar la cultura, redistribuirla y luego convertir a Los Pinos en el Centro cultural más grande del mundo. Una idea más cercana al expansionismo estatal que a la descentralización. ¿Pues no que se debe de mejorar la infraestructura y no crear una nueva? Esta propuesta me recuerda a las obras faraónicas del más rancio priísmo, que sólo alimentan el gigantismo cultural, la burocracia tortuga y la vanidad de los funcionarios culturales con el fruto del presupuesto.

En quinto lugar, la propuesta de Morena significaría una inversión enorme tanto de tiempo como de dinero. Debo señalar que el proyecto no especifica cuánto consideran de incremento al presupuesto en materia de cultura; pero una vez asignado, o se gastan todo el presupuesto, o lo incrementan al 1% (si es que el Congreso lo autoriza) para operar tan sólo esos programas.

Lo cierto es que aunque hubiera un mayor presupuesto, la solicitud de apoyos, becas, subsidios, etcétera, no disminuiría, y no necesariamente porque exista una demanda de consumo de la obra del artista, sino porque como no la hay, éste tiene que obtener un ingreso para poder seguir produciendo.

En cuanto al segundo tema, incrementar el presupuesto, si uno revisa el aprobado por el Congreso (2017) para la función cultura, deportes y asuntos religiosos, por destino del gasto, se observa un marcado predominio del gasto corriente sobre el gasto de capital. En el año 2017, del gasto total aprobado para cultura, deportes y asuntos religiosos fue de 18 mil 672.74 millones de pesos. De eso el 99.50% corresponde al gasto corriente (sueldos y salarios, aguinaldos, aportes al seguro social de salud, etcétera). Y el resto, 0.50%, a gasto de capital. Se gasta mucho y se gasta mal. ¿Cómo harán todo lo que proponen sin endeudarse y sin aumentar los impuestos? ¿Cómo harán para que las burocracias culturales no funcionen como pequeños califatos que se reparten el presupuesto anual? Por cierto, un presupuesto que no se encargaron de generar, pero del que se sienten dueños.

Por último, Gabriel Zaid afirmaba que las élites universitarias en el poder transformaron el mundo cultural en administración. El proyecto de Morena anhela administrar ese mundo desde el Estado, como si se tratara de decretar la paz, a través de un discurso nacionalista, centralizado, narcisista y monopólico.   

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