El nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador, tiene toda la intención de cumplir aquella promesa de campaña: sacar a prácticamente todas las secretarías de la Ciudad de México y ubicarlas en distintos lugares de la república. Mucho se ha hablado sobre las consecuencias de esta reubicación, si el caos que ocasionará en los lugares de destino, si los costos mismos de esta ocurrencia serán elevadísimos, por no hablar de las vidas de los burócratas que, de pronto, se verán trastornadas.

En este artículo no hablaré del componente irónico de esta propuesta, ya que nuestro nuevo presidente se dedica a pregonar su juarismo y a criticar amargamente el porfirismo o neoporfirismo, e intenta llevar a cabo lo mismo que don Porfirio con los yaquis.

Tampoco trataré aquí sobre la estrategia para designar las nuevas ubicaciones de las secretarías, por lo visto hizo papelitos y los aventó sobre la mesa para decidir, pero esta es meramente una suposición. El tema de este texto es la concepción económica que predominará en este sexenio, es decir, el cambio de modelo económico gubernamental.

De todo este asunto me llama en particular la atención algo que dijo López Obrador en la campaña, respecto a este tema: Que ya no se concentren (las secretarías) en la Ciudad de México, que podamos ubicarlas en distintos estados para reactivar la economía en las regiones del País, o bien, la descentralización ayudará a reactivar la economía de los estados y será por convencimiento (que mejor forma de convencer a alguien que darle a escoger entre mudarse o ser despedido). Los trabajadores mejorarán sus condiciones de vida; tendrán crédito para vivienda; jubilaciones anticipadas; aumento salarial; permuta de plazas y otras garantías.

Específicamente, que la razón detrás del reacomodo de la administración pública federal es el desarrollo y crecimiento económico; y es precisamente esto lo más preocupante, porque se está basando en la idea de que el gobierno y la burocracia son el motor de la economía, a través de sus empleados, de sus compras, de sus licitaciones y un largo etcétera, es decir, la idea de que una economía debe ser planificada y organizada desde, para y por un agente centralizado llamado gobierno. Esta idea en verdad es la que debería preocuparnos.

Dejemos, estimado lector, por un momento esa discusión bizantina sobre izquierda y derecha y veamos lo que implican ideas como la que se menciona arriba. En México durante una buena parte del siglo XX, se tuvo la idea de que el gobierno debía ocuparse de influir, regir, regular, controlar y desarrollar la economía; se llegaron a extremos en los que el gobierno invertía en multitudes de empresas y tenía miles de paraestatales, desde las enormes como Pemex hasta fabricantes de bicicletas.

Miles y miles de millones de pesos se invirtieron. Seré un aguafiestas y le contaré el final de dicha historia: México quebró. No quebró por perversas élites rapaces, ni por el sionismo internacional, ni por mafias en el poder, ni neoliberales y tecnócratas que todavía no existían, quebramos porque la planificación económica con todo lo que implica no funciona y acaba en desastre, en pocas palabras.

Y no, suspicaz lector, no soy de aquellos orates que veneran a Ayn Rand y demás. Dicho de otra forma, cada vez que un gobierno intenta jugar a controlar la economía fracasa miserablemente, sin excepción, llámense socialistas, comunistas, nazis, fascistas o socialistas bolivarianos, o juché, todos fracasaron, fracasan y seguirán fracasando, y le adelanto, si nosotros le damos por ese camino también fracasaremos.

El libre mercado, permítame sufrido lector seguir repitiendo obviedades, ha sido la mejor manera de progresar, con sus notables defectos e imperfecciones. Creo que la función principal de un gobierno es resistir la tentación de abusar de su poder, sin importar la nobleza de sus intenciones, y garantizar seguridad, igualdad de oportunidades, eliminación de externalidades y un largo etcétera que no viene al caso en este texto.

Volviendo al tema, las ideas de AMLO ya fracasaron cuando fueron implementadas en este país, dejando secuelas que todavía se pueden percibir. Por ejemplo, mi estado, Hidalgo, que es uno de los más pobres y subdesarrollados del país, vive de la burocracia y del dinero del gobierno, ahí podemos ver los resultados de una economía basada en el gobierno.

¿Por qué el gobierno no genera desarrollo económico?, porque el gobierno no produce, no genera riqueza. No deja de ser irónico que la clase más cercana a la descrita por Marx, como zánganos y ladrones de la plusvalía, sea el mismo gobierno, pero también es otro tema.

Quienes generan riqueza con su trabajo son los ciudadanos, desde la señora o señor que vende artesanías en el tianguis hasta la o el gran empresario, porque producen o venden algo que demanda una contraparte consumidora, y es esta parte la que decide quién sí y quién no, la parte que va a usar el producto, no un comité en una oficina que decide qué le debe gustar a las personas, sino quien lo va a utilizar, y esto aplica en la compra venta de nopales como en la compra venta de energéticos o de servicios de alta tecnología, ni más ni menos. Aquí, la tarea del gobierno, entre otras, es fungir como árbitro.

El verdadero debate en este sexenio será sobre la vigencia del liberalismo económico y cuáles son las ideas correctas detrás del desarrollo económico. Pero también una dura lección que a nosotros los humanos nos ha costado mucho aprender, que no puede haber libertad social sin libertad económica.

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