Supongamos que usted tiene excelentes ingresos anuales. Supongamos que decide gastar esos ingresos: en dos trabajadoras del hogar, una que planche y le lave la ropa; y otra que haga el aseo y le cocine. Supongamos, también, que decide remodelar su casa, comprarse un auto nuevo y viajar. Esto lo hace sentir tan pleno que decide volverlo una tradición anual. Así que ceremoniosamente, a fin de año, cambia de auto, remodela su casa y viaja.

Imaginemos que su tren de vida le permite agregar ciertos placeres, como irse a algún bar o a comer en ciertos restaurantes medianamente caros (tres veces por semana). En esta hipotética realidad no he considerado los gastos por servicios de agua, luz, gas, mantenimiento, predial, tenencia, etcétera. Pero la realidad puede ser muy cruda y sus gastos ascienden a más del 50% de sus ingresos totales. Sin embargo, su estilo de vida es muy preciado por usted y no quiere perderlo; entonces decide echar mano de la tarjeta de crédito, la cual abraza con pasión. Así que, de pronto, lejos de recortar sus gastos, le da por coleccionar ciertos relojes de lujo y carros miniatura hasta que un día amanece con una resaca de endeudamiento que pone en riesgo su propio futuro.

De la misma forma en la que usted ha venido gastando improductivamente, adquiriendo más deuda, el Estado mexicano ha venido haciendo lo mismo durante la última década. Ahora bien, la deuda no es ni mala ni buena. Todo depende del propósito para el que uno se endeude. Hay deuda para crear riqueza y hay deuda para gastar sin sentido. En el caso de la deuda pública del Estado mexicano se ha venido utilizando para sostener el gasto corriente y varios programas opacos, sin objetivos definidos y sin resultados claros.

Sólo hay que observar cualquier Presupuesto de Egresos de la Federación para darnos una idea al respecto. Como han señalado varios analistas, tenemos la mayor deuda pública de la historia, la menor inversión pública, y el rescate de las finanzas estatales, que le endosaron al gobierno federal. Todo lo anterior a pesar de que se aumentó la recaudación fiscal. En otras palabras, la deuda publica, al margen de la productividad de la inversión, es horrible en relación a su plazo de pago. A más largo, peor, las futuras generaciones del país nacen debiendo costear las inversiones y gastos corrientes de los gobiernos anteriores.

Sobra decir que los políticos de cualquier partido (diputados, alcaldes, gobernadores y presidentes) se endeudan para pagar cosas que no tienen ninguna utilidad real. Pero el político no es mas que un reflejo de los peores defectos de la sociedad en la que vivimos porque en definitiva somos nosotros quienes los elegimos y ellos los que nos representan.

En ese sentido hay responsabilidad de la sociedad que celebra cuando un político promete el reino de Oros, y no cuando les dice que se debe recortar el gasto público: partidos políticos, publicidad oficial, subvenciones parlamentarias, adjudicaciones directas, asignaciones de recursos que no corresponden al gasto directo de las dependencias ni de las entidades (Ramo 23), etcétera. En ese sentido hay varios ejemplos para aventar al cielo, como en romería. Mencionaré cuatro:

  1. La única partida secreta que queda en el Estado mexicano es la subvención a grupos parlamentarios. Cientos y cientos de millones de pesos que sirven para pagar campañas políticas, para uso personal de los legisladores o para lo que discrecionalmente deseen todos (incluida la oposición) los grupos parlamentarios. Además, no existe transparencia ni rendición de cuentas sobre su uso. Como dice el refrán: quien hace la ley hace la trampa.
  2. México Evalúa analizó tres programas del Ramo 23. Estos tres programas tenían aprobados, del 2013 al 2017, recursos por 22 mil millones de pesos. Sin embargo, el Congreso terminó autorizando al ejecutivo el ejercicio de 318 mil millones de pesos. Estos tres programas no tienen reglas de operación, ni justifican con claridad el ejercicio de estos recursos.
  3. El consejero de la COPARMEX, Castro Vera, explica varios gastos absurdos del erario, en la revista Expansión, entre éstos que cada cambio de gobierno tiran a la basura la imagen institucional de su antecesor, creando una nueva y aplicándola a todo el aparato burocrático: “rehacen papelería y uniformes; repintan con los colores de su partido las flotillas, edificios, escuelas, hospitales, oficinas, y les suplen los letreros por nuevos”.
  4. La creación de comisiones absurdas en el Congreso, como el caso de la Comisión Especial de Rescate y Gestión de la Mexicanidad, en el Senado. Creí que ese tipo de comisiones existían sólo en la burocracia del comunismo soviético. Esta comisión tiene objetivos tan generales y divertidos como este: “fortalecer nuestra identidad” (cualquiera que ésta sea). Además, sus integrantes hacen afirmaciones tan exageradas y alarmistas, que de no ser ciertas, pasarían como un pésimo chiste. Por ejemplo: “hay que proteger el arte y la cultura de la influencia extranjera“. ¡Válgame Masiosare! O esta otra: “hay que rescatar la mexicanidad para hacer políticas públicas“. ¿Es en serio? Lo único de mexicano que rescata esta comisión es la idea bien mexicanota de que vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.

Por último, pensemos en el amigo escrupuloso, ordenado, cuyos gastos nunca exceden sus ingresos, y que además ahorra. En México le diríamos ñoño, ¿para qué ahorras?, no te lo vas a llevar a la tumba. En la vida real, ese ñoño sería Estonia. Un éxito de moderación presupuestaria, control de gasto, crecimiento y libertad económica (Estonia tiene el séptimo lugar de libertad económica; México, tiene el 64). Gracias a las medidas de recorte severo, apertura y bajos impuestos, y que ha evitado el canto de “estimular la demanda interna”, Estonia redujo el gasto público en más del 10% del PIB.

El economista Daniel Lacalle lo ha dicho muy claro: “¿Recuerdan las recomendaciones de Keynes de ahorrar, que pocos aplican? Pues Estonia es el ejemplo[…] Pero los políticos prefieren suponer que todo gasto es necesario y esperar que en su legislatura les toque vivir expansión económica”.

Así es, nuestro amigo ñoño, escrupuloso y ordenado nos deja una brutal enseñanza: los errores de un modelo estatista e intervencionista se pagan con el dinero de los contribuyentes, y además los problemas no se solucionan.

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