Entre los filósofos que tomamos a la ciencia contemporánea como el mejor vehículo de la verdad al que tenemos acceso, hay cierta proclividad entre quienes toman al fenómeno de la libertad, simpliciter, como una ficción o ilusión, a tal grado de concebir que el Estado debe intervenir en la economía y en asuntos de valoración en busca de justicia social.

Así, entre quienes apoyan por ejemplo la intervención del Estado en la economía o en asuntos más íntimos cómo es la forma de concebir y tratar al embrión humano o a las personas transexuales, cuando se les dice que esa intervención es violatoria de libertades, surge en ellos una sospecha básica: “la libertad, ese fantasma en el que todavía algunos poco letrados en ciencias, creen.” Hay otros de éstos mismos digámosles por simplicidad “estatistas”, que creen que la libertad existe—de algún modo – y que aunque debe cuidarse, no es un valor superior por ejemplo, al de terminar con el hambre o las enfermedades, o procurar una vida digna a todo mundo.

Entre los que creen que la libertad no es un valor compatible por ejemplo con la predictibilidad y mecanización de la que nos proveen todo tipo de ciencias, frecuentemente usamos una distinción que, quienes sí creemos que la libertad es un fenómeno objetivo, es compatible con la ciencia. Isaiah Berlin en 1958 publicó un artículo donde distinguió libertad como mera ausencia—o negación – de coacción externa impuesta por otros, y la libertad como la presencia de cierto estado mental o psicológico a la hora de actuar, self-mastery lo llamó.

La primera se determina con la pregunta de si alguien pudo hacer lo que quería y podía al respecto de cierto asunto, y la segunda se determina con la pregunta de qué o quién originó el deseo de hacer tal o cual cosa. Frecuentemente se usa el caso de un adicto a las drogas para contrastar y clarificar: un adicto a la heroína, dejado a su libre decisión podría suicidarse usando heroína sin control, pero hay un sentido en el que muchos creemos que no fue libre completamente. Un adicto es un esclavo de sus fuerzas interiores, frecuentemente teniendo la intención de no ceder a sus impulsos, pero imposibilitado a no ceder. Así, este adicto sería libre y esclavo al mismo tiempo. ¿Cómo? Pues si entendemos la complejidad del significado de la palabra “libertad”.

Entonces, por brevedad, retomemos. ¿Cómo se ve a los ojos de un científico una acción verdaderamente libre (en sentido positivo)? Quizá no haya pregunta más difícil de responder. Mucho tiempo se tomaba como un elemento de aceptación de una relación sexual que el varón tuviese una erección o bien que la mujer lubricase vaginalmente, aún en el caso de que él o ella no quisieran sostener dicha relación. Sus palabras dirían una cosa, su fisiología otra. ¿A quién hacerle caso en términos científicos? Para los científicos naturales es especialmente notorio que los humanos mentimos a otros y a nosotros mismos frecuentemente. Al segundo fenómeno lo llaman muchas veces irracionalidad y hay toda una batería de economistas que se ganan el pan que llevan a sus mesas en decirnos qué tan falsos somos. Entre un signo fisiológico y un grito desesperado, el científico natural debería inclinarse a pensar que esta mujer que lubricare decía no querer la relación sexual, pero en el fondo sí la deseaba conjurando así por ejemplo, la comisión del delito de violación.

¿Por qué en el caso de un diagnóstico médico preferiremos el signo (físico) que el dicho de un paciente, pero en tratándose de un delito como la violación no parece una estrategia adecuada? El criterio quizá no es científico puramente.

Lo interesante de todo esto es que si hay una noción de libertad—negativa o positiva – que es compatible con el método de las ciencias naturales es el de la libertad negativa. Es la libertad más objetiva posible puesto que la coacción externa a la voluntad del sujeto es frecuentemente visible con nuestros ojos y sentidos. Un apretón de brazo, un golpe, un candado sumado a un testimonio sencillo—¡No quiero hacer tal o cual cosa! – o una conducta clara en ese sentido es fácilmente dirimible con los métodos de muchas ciencias naturales. La etología, la psicología conductiva, la filosofía y hasta la física, podrían fácilmente decirnos en donde hay coacción externa y donde no. Si esa coacción externa es legítima, es sencillo terminar de determinarlo con la ciencia del Derecho. Por ejemplo, si una persona está encarcelada por tráfico de drogas por 10 años, cuando la ley indica que la pena máxima legal será de 8 años, sabemos que esa persona, encerrada tras rejas y candados, vigilados por policías, lleva dos años privada de su libertad fuera del soporte que las leyes vigentes otorgan.

La filosofía política del liberalismo clásico y aquellas que son afines o derivadas buscan incrementar la libertad en sentido negativo sin enfrascarse demasiado en el tema de la libertad positiva. Con base en la noción de libertad negativa—más que la de libertad positiva que tiene sus dificultades como ya vimos– aspiramos dejar florecer mejor la libertad positiva más razonable. Pero ningún liberal, libertario, anarquista, minarquista o lo que sea, se engaña asumiendo que se puede llegar a una teoría última de la libertad positiva que resuelva todos estos asuntos. Es más, parece imposible que desde un cuartel de académicos o teólogos pudiera dirimirse el asunto de si para los casos de violación, la erección o la lubricación vaginal hace las veces de un consentimiento más objetivo o mejor que el no verbalizado. Para nosotros un drogadicto que se pasa en el consumo de las drogas, mientras no lastime a otros sin su permiso debe ser respetado lo más que sea posible.

El suicidio o el autosacrificio para un liberal no siempre es inadecuado o indebido. Una persona que se mete a una guardería en llamas para tratar de salvar a los niños bien puede estar tomando una decisión mortal, a todas luces suicida. Pero mientras sea libre en sentido negativo, casi todos podemos imaginarnos buenas razones para hacerlo: los niños. En cambio, en el caso opuesto, es difícil pensar que hay una sola forma de justificar a un violador con base en los signos fisiológicos de una de sus víctimas. Semejantes al suicidio y el auto-sacrificio están la pobreza, la suciedad, poca educación escolar, las fachas, y toda otra conducta de descuido personal.

Si hay un concepto de libertad con el que los métodos de la ciencia natural (esta ciencia que no presupone intencionalidad, propósito, valor, pero sí presupone predictibilidad, mecanizabilidad, objetividad) son compatibles es con el de libertad negativa. Por ello es que toda ideología que enfatiza más bien la libertad positiva que la negativa para determinar políticas públicas parece tan refractaria a los hechos de la economía, de la biología y de la ciencia que sea.

De aquí obtenemos otro dato: las ideologías políticas que más han atacado los avances de las ciencias naturales son naturalmente—valga la redundancia – aquellas que buscan controlar la vida interior o positiva de las personas. Casos como el de Lysenko, en la URSS, pero también hay otras. Y como el anterior está el abuso que viene de desaparecer del radar a la libertad positiva o algún concepto de libertad positiva en pos de las categorías de análisis natural. Ello nos complicaría, como dije, con problemas como el de validar más alto el signo físico que las formas sociales de comunicación de consenso o disenso, y los formalismos legales y políticos que le vienen aparejados.

Muchas instituciones por ejemplo para perseguir la violación sexual a lo largo y ancho del mundo son injustas por validar más y mejor en todos los casos la objetividad al estilo de la fisiología y la física—signos visibles e incontrovertibles de violación– que las sutilezas y complicaciones que introduce la libertad positiva: el matrimonio con niñas menores de 18 años que ya estén ovulando, la idea de que toda persona para la que no haya sido probado que es culpable de un delito deba ser tratada como inocente para todos, seamos servidores públicos en ejercicio de nuestras funciones o no, y otras cosas del estilo. ¿Qué amenazas se ciernen sobre la ciencia hoy en día en nuestro país, ya sea por abandono a ellas o por exagerar su aplicabilidad? Esas las dejo al lector por descubrir porque están más cerca de lo que parece.

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