El aborto es un tema muy controversial porque están en juego muchas variables que tienen mucha importancia o valor para los individuos: algunos ven en él un asesinato, otros ven en la prohibición una restricción de la libertad o la integridad de las mujeres. Lo más común es que en este debate se tomen banderas y se defiendan a capa y a espada. Pero el tema es uno mucho más sensible o complejo que pegar una calcomanía pro-vida en el coche o portar un pañuelo verde.

Esto también sucede así porque detrás del asunto del aborto se encuentran dos formas de pensamiento distintas y contrapuestas, y que, como cualquier corriente filosófica, termina constituyendo una forma de poder. Dicho esto, ambas posturas, la progresista y la conservadora, no acostumbrarán tanto a que los individuos se informen, contrasten y tomen una postura, sino que adopten su cosmovisión y su agenda. El problema de esto es que muchas de sus argumentaciones terminan bastante falaces y terminan orillando a los individuos a adoptar eslóganes que no se sostienen como “es mi cuerpo” (cuando se trata de un organismo que no forma parte del cuerpo de la madre) o que “se están matando bebés o niños” (un feto no es un bebé, mucho menos un niño). Todos estos discursos tienen un propósito propagandístico para orientar la discusión.

Posiblemente ni los que están a favor ni los que estén en contra del aborto se sientan satisfechos con este artículo, pero mi intención no es caer bien sino tratar de profundizar en cuestiones que muchas veces se ignoran o se pasan por alto dentro de estos debates que suelen quedar en la superficie y que adquieren un tono visceral. Mi intención es tratar, de una u otra forma, conciliar las preocupaciones que existan en ambos lados de la cancha y no quiero caer ni en una visión monolítica o alguna que esté basada en una cosmovisión religiosa, pero tampoco quiero caer en el relativismo y el excesivo subjetivismo de las corrientes postestructuralistas que se encuentran muy presentes en el discurso progresista.

Por eso es que en este artículo intentaré dar una opinión razonada, dentro de mis capacidades y mis limitaciones intelectuales, que no está basada en pertenencia religiosa alguna ni en los impulsos progresistas, sino que lo abordaré desde una postura deontológica, tomando como referencia el hecho de que una persona es digna por el simple hecho de ser persona y, por otro lado, asumiendo al Estado como un ente secular que está separado de cualquier institución religiosa.

Tomo la postura deontológica porque, a mi parecer, siempre me ha parecido preferible al utilitarismo de Bentham y John Stuart Mill, ya que el imperativo categórico de Kant le da un estatus superior a la persona que el utilitarismo (bajo el cual se puede prescindir de una persona en favor del bienestar de un número mayor de personas). Dicho imperativo dice que una persona nunca puede ser utilizada por otra persona como medio sino tan solo como un fin. También tomo la idea de que una persona es digna por el mero hecho de serlo (que ciertamente tiene orígenes religiosos pero que ha sido adoptado en varias corrientes de derecha e izquierda). Este concepto se ve reflejado también en el pensamiento de John Locke, quien dice que una persona tiene una serie de derechos por el solo hecho de ser personas. Este concepto del ser humano digno ha servido como contención ante las peores atrocidades, como bien lo ha relatado Hannah Arendt. Los regímenes nazi y comunistas se dieron el permiso de matar a millones de personas prescindiendo de este concepto que da esencia a lo que llamamos la Ley Natural.

El utilitarismo puede justificar el aborto en cualquier etapa de forma más fácil que una postura deontológica ya que es posible prescindir de una persona en favor de un número mayor de ellas. La postura deontológica no nos permite prescindir de una persona a favor de otra, pero, como algunos podrían atreverse a sugerir, tampoco define por sí sola una postura ante el aborto porque faltaría definir cuándo se puede considerar que el feto ya es una persona.

La postura deontológica nos obliga a centrar el debate del aborto en la definición de lo que una persona es. Para la Iglesia, la postura es simple: como se trata de un producto que ya es autónomo, tiene un ADN propio y las células se multiplican, entonces es ya una persona. Pero a partir de este argumento solo se puede asegurar que se trata de una persona “en potencia”, mas no en acto. La postura dentro de la Iglesia no ha sido la misma a través de la historia. Los dos más grandes y reconocidos filósofos de la Iglesia Católica no tenían una postura donde la vida empezara desde la concepción: Santo Tomás de Aquino afirmaba que el alma no es infundida antes de la concepción y San Agustín decía que el embrión no tenía alma hasta el día 45. Una perspectiva extendida (y convertida muchas veces en política pública) es que el feto no es una persona hasta la doceava semana porque no ha desarrollado su corteza cerebral y por lo tanto ni siente, ni tiene consciencia de su existencia, ¿es este argumento suficiente para considerar que ya se trata de una persona humana hasta las doce semanas y no en la concepción? Carl Sagan, en un extenso artículo que escribió sobre el tema tratando de equilibrar ambas posturas, decía que el aborto debería estar prohibido tan sólo en el último trimestre.

Con la postura deontológica podemos llegar a la siguiente conclusión: No hay razón alguna para criminalizar el aborto en tanto no se considere que el feto sea una persona, y no hay razón alguna para legalizarlo en tanto el feto sea considerado una persona. Esta postura deja estériles los siguientes argumentos:

  • Debemos legalizarlo porque de todos modos pasa: Este argumento implica legalizar un acto que debería estar prohibido en el caso de que el feto sea una persona, porque implica utilizar a una persona como medio en beneficio de otra. Si bien es cierto que el riesgo para la mujer en un aborto clandestino es bastante mayor, lo cierto en este caso es que lo correcto para salvar su vida es que el feto no aborte, lo contrario sería una argumentación utilitarista. Si el feto no es una persona, el argumento ni siquiera tendría importancia ya que no debería estar prohibido por ninguna razón y en este caso sí sería irresponsable no permitir que la mujer aborte de forma legal poniendo en riesgo su vida.
  • Es mi cuerpo: Ya que el feto es producto del óvulo de la madre y del espermatozoide del padre (un agente externo), no se puede decir que el feto es parte del cuerpo de la madre y no puede ser argumento alguno para legalizar el aborto si el feto ya es un ser humano. Si el feto no es una persona, el argumento sigue siendo inválido, pero su invalidez ya no tiene importancia en el debate ya que, al no tratarse de una persona, el aborto no debería ser ilegal, independientemente de que el feto no sea parte de su cuerpo.
  • Con el aborto se evita que nazcan niños que no son queridos o vivan en entornos que no son saludables: Este argumento tampoco se sostiene desde una postura deontológica aunque pueda llegar a parecerlo, porque al final se está prescindiendo de la vida de una persona de la cual no puede asegurarse de forma categórica que vivirá en un entorno no saludable (la madre, al concebir al hijo podría cambiar de postura, o podría darlo en adopción en donde encuentre una familia nueva que lo quiera) y se niega la capacidad que un individuo tiene para sobreponerse a sus condiciones.
  • Se va a promover un “cultura del aborto”: Si el feto no se considera una persona, el Estado no tendría por qué criminalizar el acto, y ello no implica que se quiera “promover una cultura del aborto”. En este caso, si no se quiere promover una cultura del aborto tendría que buscarse hacer por medios que no sean penales como puede ser la educación sexual, la promoción de los distintos anticonceptivos u otros medios como las mismas creencias religiosas (de manera privada) con el fin de desincentivar la cultura del aborto.
  • Es inmoral: En dado caso de que el feto no sea una persona, el Estado no tiene razón alguna para criminalizar el acto. El hecho de que sea o no inmoral ya no compete al Estado, sino que se vuelve un asunto de carácter privado: ergo, la decisión de abortar o no hacerlo se convierte en un asunto privado de la mujer. Si ella lo desea, puede decidir de acuerdo a sus preferencias religiosas o a su corriente de pensamiento, pero el Estado ya no puede interferir en la decisión por medio de penas punitivas.

Mucho se argumenta que el aborto es una cuestión de género y que al prohibirlo se está acotando la libertad de la mujer. Pero debemos tomar en cuenta nuestra postura deontológica que dice que no podemos usar nunca a una persona como medio sino como fin, y, por tanto, la integridad de una persona no puede someterse a consideraciones de género. De hecho, promover el abortar la vida de un organismo que ya se considera persona no tendría que ver nada con la equidad de género, sino que sería una cuestión hembrista, ya que la mujer por el hecho de serlo tendría el derecho de privar la vida de otra persona en tanto que el hombre no tendría derecho a hacerlo. Se podría considerar una cuestión de género solo si el feto no es una persona ya que se le está criminalizando por algo que no debería ser un delito.

Aunque la legalización de abortar a una persona no puede ser justificada por cuestiones de género, sí existen algunas consideraciones que tiene relación con el género, y ante la imposibilidad de abortar por esta razón, debería buscar combatirse por otros medios. ¿Qué pasa cuando una de las razones para abortar es que el hombre se deslindó de toda responsabilidad y éste dejó a la mujer en una situación muy complicada? ¿Qué pasa cuando el hombre sugirió e incluso presionó a la mujer para que abortara?

Lo mismo ocurre con argumentos que tienen que ver con la capacidad económica de la mujer que decide abortar. Una mujer que tiene suficiente capacidad económica no sólo puede hacerlo de forma más fácil y menos riesgosa (como viajar a otro país donde el aborto sea legal o ir a algún sitio que, aunque sea clandestino, es relativamente seguro por su alto precio) sino que tendrá una mayor facilidad para hacerse cargo de su hijo en tanto que una mujer pobre solo podrá recurrir a un lugar poco saludable donde su vida esté en riesgo y tendrá muchas dificultades para darle al niño una vida digna.

Pero recordemos que nuestra postura deontológica no nos permite poner estas consideraciones por encima de la integridad de la persona. ¿O acaso es válido que una persona que esté en estado de pobreza mate a otra para quitarle su comida ya que se está muriendo de hambre? Esta cuestión que menciono sí es un dilema, y también lo es que varios niños de embarazos no deseados nazcan sin expectativas de desarrollo y puedan terminar, por ejemplo, convirtiéndose en delincuentes o incluso engrosando las filas del narcotráfico. Pero entonces habría que buscar alternativas para ayudar a un sector que, ciertamente, ha estado abandonado y relegado. ¿Por qué no se les puede dar una mejor educación pública y, por ende, sexual? ¿Por qué no discutimos mejor una estructura social como la de México y muchos países latinoamericanos que es lo suficientemente rígida como para que haya movilidad social? ¿Por qué otros organismos o instituciones como organizaciones civiles o las mismas iglesias no hacen un trabajo más intensivo en estos sectores?

La discusión del aborto sólo puede centrarse en establecer una frontera en la cual el feto no sea una persona y sí lo sea. Decir falacias como equiparar un feto a un bebé o a un niño (para decir que se están matando niños y evadir las diferentes etapas del desarrollo del ser humano) o decir que el feto es “mi cuerpo” cuando no lo es, deben de desterrarse de dicha discusión. La justificación debe estar fundamentada y no puede estar sujeta a intereses. Debe de ser establecido de tal forma que pueda ser universal (eso implica que no pueden establecerse consideraciones meramente religiosas o de alguna corriente específica). En la discusión tampoco se puede apelar a argumentos que deriven en una tiranía de las mayorías (como lo mencionaba Alexis de Tocqueville) ya que en la democracia también se debe velar por el derecho de las minorías. Por eso es que argumentos como “la mayoría de los mexicanos somos católicos y estamos en contra del aborto” no pueden tomarse en cuenta. Tampoco se debería someter a plebiscito o consulta (que para efectos prácticos es lo mismo que acabo de mencionar) un tema tan delicado donde evidentemente la mayoría de la población no está lo suficientemente informada como para deliberar sobre el asunto.

¿Es un feto una persona desde la concepción? ¿Por qué sí lo es y cuál es el argumento? ¿El ADN independiente y el proceso de reproducción celular que dará posteriormente forma al organismo de la persona debe ser considerada como persona desde un principio? ¿O lo es cuando ya se ha formado la corteza cerebral, y si es así cuál es el argumento para definir que es una persona hasta ese entonces? ¿Por el hecho de que a partir de ahí el feto ya siente y desarrolla ciertos procesos cognitivos? ¿Por qué esto define que ya sea una persona? Y si se cree que todavía no es una persona ya en etapas posteriores (incluso hasta el momento del nacimiento) ¿cuál es el argumento para ello?

Seguramente habrá más preguntas que deriven de estas que acabo de proponer. Decidí no dar una respuesta y dejar al lector que llegue a sus propias conclusiones. Al menos, el lector podrá saber que, después de este ejercicio, habrá llegado a una postura sin miedo a sentirse condicionado por algún credo confesional ni por medio de una postura muy relativista.

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