*Este artículo fue escrito por Alejandra Ramos Jaime en coautoría con Sergio Adrián Martínez

La cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) manda un mensaje claro: el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, hace gala de su poder. México da pasos atrás en su avance gradual y lento hacia instituciones sólidas de protección a la propiedad, respeto a los contratos e imperio de la ley. Los opositores de Andrés Manuel vemos con temor la consolidación probable de un futuro dictador.

El mecanismo de la consulta popular, que sirvió de instrumento para legitimar la decisión, tuvo significantes vicios de origen, señalados por expertos de diversas disciplinas. Fue una consulta sin validez legal, sesgada, carente de los requisitos institucionales adecuados y en la que podían emitirse múltiples votos. Con semejante consulta, que Obrador amenaza con instaurar de forma constitucional, queda clara la estrategia política del próximo sexenio: disfrazar de democracia la voluntad del presidente.

Un presidente responsable, interesado en combatir la corrupción, hubiera elegido la vía sensata de revisar los contratos y fincar responsabilidades. En su lugar, fuimos testigos del compadrazgo entre políticos y empresarios que Obrador denunció de forma ostensible durante su carrera política.

La localización del aeropuerto, además, no es un asunto trivial. Lo que ocurrió no penaliza únicamente a los que viajan ocasionalmente a Cancún o a otros países. Lo que ocurrió no fue mera revancha a los grandes empresarios que habían invertido en el proyecto. Y, ciertamente, no ocurrió una mera confrontación maniquea entre “fifís” y el “pueblo sabio”.

El Aeropuerto de la Ciudad de México, donde sea que se localice, se trata de uno de los principales puertos comerciales del país. Es la puerta de entrada a millones de turistas que como octavo país con mayor turismo del mundo recibimos anualmente. Contar con un aeropuerto moderno brinda una serie de beneficios: reduce costos de transacción, estimula la entrada de divisas, incentiva el intercambio voluntario de bienes y servicios y el transporte de mercancía a puntos diversos del país. El NAICM era una de los proyectos de infraestructura más importantes del país, en términos de la derrama económica esperada.

México no pierde un aeropuerto únicamente. Pierde la oportunidad de crear un nodo de desarrollo para el país. Y los más afectados serán los más pobres.

Los grandes empresarios recibirán compensaciones en función del rompimiento de sus contratos. Para ellos existen cortes internacionales a las cuales pueden acudir. Los inversionistas que están retirando sus divisas y sus inversiones en la Bolsa Mexicana de Valores llevarán su dinero a mercados que les garanticen más certeza y seriedad con la facilidad de una simple transacción electrónica hacia Brasil, por ejemplo. A diferencia de ellos, los contribuyentes comunes no recibirán compensaciones por las multas pagadas con sus impuestos. (¡Y es que Obrador no ha de pagar el costo financiero de su decisión!). Para el mexicano promedio no existe la facilidad de cambiar sus ingresos a una divisa más fuerte. Para los trabajadores no habrá esa nueva empresa que abrirá ahora en Brasil, que se vuelve un mercado mucho más atractivo y menos riesgoso que el nuestro.

El seguidor fiel de Obrador denuncia que las voces de oposición surgen de la frustración de quienes tienen afiliaciones políticas distintas a la suya. Ninguno de nosotros tenemos simpatía hacia los partidos políticos existentes. Creemos en la libertad, en un estado de derecho que garantice y proteja la propiedad privada y los contratos voluntarios. Un país donde no hay respeto por los contratos, donde un presidente está investido de la autoridad suficiente para doblegar las instituciones a su voluntad, es un país que carece de seguridad para la inversión e incentivos para el ahorro y la formación de capital: los detonantes más importantes a largo plazo del crecimiento económico y la prosperidad.

El mensaje es unívoco: los que perdemos y permanecemos al desamparo de los caprichos del renovado presidencialismo mexicano seremos siempre los mismos.

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